Tenía pendiente contar el fin de semana que fuimos a Barahona, ya hace 3 semanas!! Madre mía como pasa el tiempo!! Todo empezó con un email de Alba invitándonos a pasar un “fin de semana de ensueño” a la casa que tiene Mjrko en Barahona. La casa es una remanso de paz, con un salón-terraza desde el que contemplar el mar mientras uno se mece suavemente en una hamaca de tela.
Lo que más recuerdo del fin de semana es que no paramos de comer cosas ricas, así no me extraña que engorde (3kg desde que llegué). Nada más llegar, Mjrko y Rafa tenían preparada una churrascada con sus choricitos, salchichas y carne de ternera, mmm. Por la noche Patxi cocinó su especialidad, una paella para 12 personas, y Alba preparó un ceviche con el pescado fresco que habían comprado el día anterior a unos pescadores del pueblo.
El plan inicial era alquilar una barca para desplazarnos hasta una playa cercana, a la que sólo podía accederse por mar, pero el oleaje era muy fuerte esa mañana. El barquero sólo se atrevía a llevar a 5 personas, y éramos 9!!! Después de muchas discusiones y cambios de planes decidimos que no nos apetecía mucho morir ahogados sólo por disfrutar de una playa desierta, por muy paradisíaca que fuese. Pero el plan alternativo resultó también muy divertido. Primero paramos en una playa para que Mjrko, Beni y Salva practicaran un poco de surf. Bueno, en realidad lo que hicieron Beni y Salva no merece ser llamado surf, sino “cómo echarse al mar subido en una tabla con un oleaje de 3m y no morir en el intento”. Atención al cartel promocional que se curró Beni con el potochoff:

Luego nos movimos con los jeeps hasta una zona llamada Los Patos, la desembocadura de un río, y empezamos a remontarlo. El que más disfrutó, sin duda, fue Yusuf, el perrito de David, un amigo de Alba y Mjrko. El pobre ya va algo mayor y le costaba trepar por las piedras en contra de la corriente, pero a alguno que otro le costó bastante más que al perro.
Para terminar bien el día bajamos hasta la desembocadura del río, en la que jugaban y disfrutaban un montón de niños ruidosos con ruedas de goma, como si fueran flotadores gigantes, quién fuera niño otra vez! Allí nos comimos un colorado (un pescado muy rico de por aquí, que todavía no he averiguado con cuál se corresponde en España) a la dominicana, es decir, que entre que lo pides y te lo traen ya se te ha pasado el hambre.
A pesar de los cambios de planes de última hora sí que fue un fin de semana de ensueño…